Archivo de Memoria Viva
Testimonios
Raul Santos PeƱaranda
Su familia llegó a la zona en 1952 huyendo de la violencia que ocurrĆa en el interior del paĆs. āSolo habĆa unas cinco o seis familias, nada mĆ”sā. Vinieron a trabajar para una de las fincas cafeteras mĆ”s antiguas del paĆs, āCincinnatiā, junto con otras familias del interior de Colombia y de Puerto Rico. Los dueƱos de Cincinnati, los Flye, encontraron el cafĆ© por accidente y se convirtieron en una de las familias mĆ”s importantes de la región.
Como muchas familias que han venido a la Sierra Nevada, el cafĆ© fue una forma de sobrevivir y prosperar. Pero todo eso ha cambiado. āAntes, una finca cafetera producĆa mucho, y ahora no gana nadaā. Sin quĆmicos, fertilizantes y maquinaria, es casi imposible ganarse la vida, incluso como dueƱo de una finca de cafĆ©.
Angel Orozco
El cafĆ© en la Sierra Nevada es Ćŗnico; en otras regiones de Colombia, el cafĆ© se cosecha dos veces al aƱo, pero aquĆ, solo hay una temporada de cafĆ©. Esto, combinado con la forma tradicional y artesanal en que los campesinos locales todavĆa procesan su cafĆ© y el clima Ćŗnico de montaƱa tropical, hace que el cafĆ© de aquĆ estĆ© entre los mejores del mundo.
Ćngel Orozco es uno de estos caficultores tradicionales. Trabaja bajo el calor del Caribe, recogiendo, pelando y moliendo granos de cafĆ© con un āpilónā; un palo de madera cuyos golpes rĆtmicos inspiraron las canciones de los descendientes de esclavos africanos. El cafĆ© de Ćngel se tuesta a mano, sobre brasas calientes, lenta y uniformemente. Ćngel ha estado perfeccionando su oficio durante mĆ”s de diecisĆ©is aƱos, desde que llegó a la región huyendo del conflicto armado colombiano. Trabaja en su finca āNo hay como Diosā con sus diez hijos y veintitrĆ©s nietos. Para su familia tambiĆ©n, el cafĆ© fue la forma en que sobrevivieron despuĆ©s de perder sus hogares, y la forma en que construyeron una vida para ellos mismos despuĆ©s de tener que empezar de nuevo sin nada.
Franklin Suescun
Durante la bonanza cafetera āMinca era muy tranquila y todos vivĆan del cafĆ©. Nos llenaba de orgullo despertarnos a las cuatro de la maƱana y ver a todas las familias tradicionales recolectando cafĆ©. Nuestros desayunos eran comida tradicional: plĆ”tanos, bananos, yuca⦠nada tenĆa quĆmicos⦠Recuerdo que a las cuatro de la tarde siempre estaba nublado y lloviendo, el rĆo era tan grande que cuando Ćbamos a pescar, traĆamos baldes de pescado a casa. Hoy me entristece que nada de eso exista ya.
Ahora, la gente nos critica por permitir que otras personas nos quiten a Minca. La mayorĆa de los terratenientes vendieron sus fincas porque nadie querĆa recolectar cafĆ©. Prefieren conducir motocicletas y trabajar en el turismoā.
Manuel Balaguera
Uno de los recuerdos mĆ”s tempranos de Manuel es de la toma guerrillera en 1998. TenĆa 7 aƱos. āSe fue la luz y salimos para ver si era solo nuestra casa o todo el pueblo. Todo estaba oscuroā. Ćl y sus primos vieron sombras moviĆ©ndose a lo lejos. Sus madres los llamaron y todos se escondieron debajo de la cama, amontonando todos los colchones y cojines encima de ellos. SabĆan lo que venĆa. Algunos de ellos se amontonaron alrededor de la ventana para mirar. āSe alinearon en el cĆ©sped calle abajo en filas de tresā. Manuel entiende por quĆ© ahora. Era una estrategia de batalla que les permitĆa llevarse los cuerpos despuĆ©s del combate. āEscuchamos disparos, gritos y grandes explosiones. Duró hasta la madrugadaā.
Salieron despuĆ©s para ver quĆ© habĆa pasado. āLos Ć”rboles se habĆan caĆdo porque les habĆan dado tantas balas, habĆa miles de casquillos por todo el suelo y habĆa sangre por todas partesā.
Manuel y su familia vivieron ataques guerrilleros, tomas y luego la llegada de los paramilitares. Tras sufrir pérdidas personales, su familia se fue. El propio Manuel regresó a vivir a Minca en 2017, y su experiencia lo llevó a cofundar el Museo Minca y compartir su historia con la esperanza de que pueda ayudar a crear conciencia y ayudar a su comunidad a encontrar la paz.
āPompoā
Alfredo Rodriguez
Pompo recuerda cuando vivĆa mĆ”s arriba en la montaƱa, antes de que las cosas se pusieran realmente violentas. āUn dĆa llega un grupo de siete hombres armados, cinco hombres y dos mujeres jóvenes. Se sentaron y dijeron: āNosotros mandamos en Colombiaā, y entonces yo me levantĆ© y dije: āperdónenme, soy analfabeto y no sĆ© nada de palabras, pero sĆ© que con las armas nunca se van a tomar a Colombia. OlvĆdenlo⦠Fui estĆŗpido al decir esoā, lamenta Pompo, dĆ”ndose cuenta ahora del peligro en el que se habĆa puesto.
El dolor de la región no se limitó a la guerrilla. Los paramilitares llegaron con la misma violencia. āDe todos los grupos armados, ninguno, ninguno es buenoā.
Ćl y su familia vendieron su finca a un famoso comandante paramilitar. Vender era la Ćŗnica opción que tenĆan. āEsto estaba mal, aquello estaba malā, hicieras lo que hicieras te convertĆas en el blanco de alguien, no habĆa forma de mantenerse a salvo. āMis hijos dijeron que debĆamos dar gracias a Dios porque salimos vivos y con un poco de dineroā.